
En muchas regiones, en las que la producción agrícola tiene varias limitantes y el negocio es riesgoso, se sienten más los problemas como la sequía, pero algunas tecnologías son clave.
Es así como en el sur de Buenos Aires, la siembra directa fue decisiva para el esquema agrícola de la familia Irastorza. Y hoy permite amortiguar las pérdidas.
Los Irastorza tienen 90 años en la zona y Guillermo es la tercera generación de productores. En diálogo con Clarín Rural , contó que su abuelo era productor ovino y agricultor en esta región y que “siempre tuvo un Norte, que fue la protección de los suelos”.
El cuidado de este recurso siguió con su padre, quien se asesoró, en su momento, por Adolfo Glave, especialista de INTA Bordenave, y uno de los precursores de la labranza conservacionista con residuos en superficie en la Argentina. Irastorza también recuerda que su padre conoció en la década del 70, en EE.UU., a Shirley Philips, uno de los padres de la labranza cero, y a partir de él absorbió los conceptos esenciales de la siembra directa.
A partir de tanta influencia en la conservación de los suelos, el protagonista de esta nota, médico veterinario, dice que desde hace 25 años practica la siembra directa. Para él, ésta es una herramienta fundamental en los ambientes semiáridos, si se quiere sustentable y competitivo económicamente. Esta tecnología, agrega, ayuda en procesos como el de la economía del agua, fundamental para momentos como los actuales.
Pero, además, mejora el combabate a la erosión eólica, el secuestro de carbono y el ahorro de energía en combustibles, teniendo en cuenta el gasto de la labranza convencional. Y también es central como herramienta financiera y empresarial. “Nuestra ampliación por medio de los arrendamientos se dio gracias a la directa”, manifiesta.
Así fue como en el año 2007 conoció a Oscar Inchausti, propietario del establecimiento “El Deslinde”, quien había decidido dar un giro en su negocio y le dio en alquiler a Irastorza las 1.600 hectáreas de su esquema mixto, en directa desde el año 1998.
Desde el momento que Irastorza tomó las riendas de la producción de este establecimiento, decidió hacer agricultura en toda la superficie. De esta manera, la siembra directa cobró aún más importancia que la que tenía en el ex-sistema mixto, ya que había que estabilizar la producción en ambientes que no eran parejos. Irastorza explica que “los suelos del campo son muy overos y de tipo franco-arenosos, con escasa profundidad efectiva, dado por la tosca (que oscila entre 40 a 70 centímetros); hay afloramientos rocosos en la lomas, las pendientes son pronunciadas, las lluvias tienen bajos registros anuales (630 milímetros de promedio anual) y solamente concentrados en el otoño, y son altas las temperaturas durante primavera-verano”.
Dice también, sumado a esto, que los inviernos se caracterizan por frecuentes heladas y que la zona es muy ventosa, lo cual eleva los riesgos a la erosión eólica. Por ello, la conservación de la humedad que genera la cobertura marca a la diferencia.
Así, considerando la concentración de la lluvias, es que el productor bahiense comenta que “la zona está condenada a los cultivos invernales”, ya que las precipitaciones se registran entre mediados de febrero y fines de abril. La falta de lluvias primaverales de altos volúmenes hace muy errática la producción de cultivos de verano, con los cuales también probó. De esta forma, toda la estrategia en “El Deslinde” está acomodada para sembrar trigo y cebada entre mayo-junio, cuando hay reservas de humedad en el perfil, y practicar barbechos largos durante el verano.
Esta campaña todavía mantuvo una distribución de 80% de la superficie con trigo y 20% con cebada. Sin embargo, estimó que ésta sería la última campaña con estas proporciones a causa de las complicaciones que luego le representa comercializar al trigo. Arriesgó que en 2012/13 sembraría sólo el 50%.
Más allá de la búsqueda de la estabilidad de los ambientes por medio de la directa, los rendimientos de los cultivos en El Deslinde todavía tienen variabilidad. Por ejemplo, fue excepcional el año 2007, en el cual obtuvieron 35 qq/ha de trigo y 50 de cebada, casi un hito para esta región que tiene rendimientos promedio de 1.800 kg/ha, como el 2008. En el 2010 llegaron a 1.400 kg/ha, y los años más desfavorables fueron el 2009 (la anterior sequía) con 10 qq/ha y esta campaña, que con con 5 qq/ha marca el impacto de la coyuntura. Sin embargo, Irastorza afirma que sin la directa, los rendimientos hubieran sido más negativos.
A partir de la variabilidad en los rendimientos del trigo y las complicaciones para comercializarlo, dice que “durante los años de bajos rindes buscamos mantener el sistema productivo, mientras esperamos los mejores años”.
Esto transforma la estrategia financiera en todo un desafío y detalla que la una de las formas que encontró para mantenerse competitivo es la escala, la especialización en los cultivos de granos finos y algunos contratos a futuro. “Para gastar menos, tengo que sembrar más”, dice en referencia a su negocio, que tiene 60% en campo propio y 40% en campo alquilado.
Además, explica que los años buenos financian a los malos, y da un ejemplo: “El año pasado guardé un saldo de trigo que lo vendí más entrado el 2011 en un momento de buen precio, y esto, junto con los contratos a futuro, me permiten afrontar el principio de 2012”, cuenta, lamentándose por los magros rindes de esta campaña. Pero advierte que, “con el precio que tiene hoy el cultivo, ya sé que voy a pérdida en la campaña entrante”.
El caso de Irastorza muestra el de una filosofía en la mitigación de los riesgos productivos con conciencia ambiental y ajustando el negocio para no perder competitividad. Para ello, y en ambientes como esos, la directa es un factor indispensable. (07|01|12)